Los sabios del campo que asimismo impulsan la ciencia

Francisco González, al que en la pedanía lorquina de Zarzadilla de Totana conocen como ‘El Zorro’, ha firmado más de una publicación junto a catedráticos y doctores del Departamento de Biología Vegetal de la Universidad de Murcia (UMU). No obstante, González no tiene mucho más capacitación científica que la de quien pasó décadas cultivando la tierra y observando de qué manera da sus frutos. Y esto no es poco, a juzgar por la atención que el grupo de investigación de Micología-Micorrizas-Biotecnología Vegetal que dirige Asunción Morte le presta. «Contactamos con él por su popularidad de buen recolector de turmas silvestres, nos enseñó a buscarlas y compartió con su conocimiento sobre estos hongos, fruto de la observación de la naturaleza», recuerda la catedrática de la Facultad de Biología de la UMU. Tanto dio de sí la coalición que forjaron los investigadores con el agricultor (en el contexto de una proposición doctoral de la profesora Almudena Gutiérrez, y dirigida por Morte al lado de Mario Honrubia) que González se convirtió hace veinte años en el primer agricultor del mundo en cultivar trufas del desierto, como asimismo se conoce a las turmas.

«Las primeras plantas micorrizadas de ‘Helianthemum almeriense’ con la turma ‘Terfezia claveryi’ que obtuvimos en el laboratorio de Micología-Micorrizas de la UMU», fruto de esa tesis, se destinaron a la plantación de ‘El Zorro’, recuerda Morte. Allí dieron en 2001 las primeras turmas domesticadas del mundo. Hasta el momento, a pesar de que se trata de un producto culinario que Plinio el Viejo ya describió hace 2.000 años en Cartagena, unicamente se recogía silvestre en ribazos y montes, apunta Francisco de Lara, otro agricultor colaborador de las indagaciones cerca de este hongo, en un caso así de la pedanía murciana de Corvera.

A día de hoy, continúa la catedrática, «en esta plantación [de ‘El Zorro’], la primera de todo el mundo, seguimos haciendo estudios y sacando datos». Durante estos años, la parcela donde Francisco González ha logrado domesticar las plantas que los estudiosos le facilitaron del laboratorio, «fué visitada por numerosos científicos nacionales e internacionales». El servicio que González ha prestado a la ciencia ha sido tan destacable que los expertos han considerado que debía quedar reflejado en sus productos. «A él le hemos incluido como creador o en los agradecimientos en las publicaciones que hemos hecho que han surgido del estudio de su plantación», explica Asunción Morte. La catedrática de Botánica de la UMU se expone agradecida a la colaboración que han encontrado entre los labradores, tras la destacable aportación de ‘El Zorro’. «Disponemos la enorme suerte de que después de él han venidos otro turmicultores entusiastas [que también han contribuido a los trabajos científicos en torno a esta especie], como Paco de Lara en Corvera, José María Gómez en Caravaca, Miguel Ángel Guillén en Moratalla, Tomás López en Torre Pacheco, etc.».

Diferentes artículos científicos tienen dentro entre sus firmantes a ‘El Zorro’, un sabio agricultor totanero que colabora con la Universidad

Ciencia ciudadana

«Cada vez son más los proyectos en diversos campos científicos en los que una parte de la investigación es efectuada gracias a la colaboración ciudadana», apunta José Antonio Campoy, estudioso del Instituto Max Planck de Mejora de Plantas de Colonia (Alemania). Estos ayudantes, concreta, forman parte, «por ejemplo, en la recolección de datos fenológicos (fecha de floración, de caída de hojas, etcétera.) o en el seguimiento de poblaciones de mosquito tigre», por refererir la situacion del proyecto ‘Mosquito Alert’ (alarma mosquito), liderado por el biólogo de la Universidad de Barcelona Frederic Bartumeus, ilustra Campoy.

José Antonio Campoy, que antes de desarrollar su carrera científica en Alemania pasó por el centro de investigación murciano Cebas-CSIC, conoce un destacable ejemplo de primera mano. De hecho, Campoy está inmerso en un emprendimiento de investigación que tiene su origen en la capacidad de observación de otro agricultor murciano: Antonio Molina, de Abarán. ‘Micaelo’, como apodan a este productor, «observó, en su parcela de albaricoqueros de la variedad [desarrollada por el Cebas] rojo pasión, que una rama floreció antes que el resto del árbol». El productor, «con la sabiduría que le han dado los años de agricultura, marcó la rama. Todo comenzó ahí», relata Campoy. Por año siguiente, la misma rama volvió a florecer antes que el resto del árbol.

«En ese momento Antonio, científico por experiencia», como lo califica el investigador del instituto Max Planck, «tuvo otra excelente idea: injertó una yema de la rama precoz en arboles de colorado pasión ubicados en 2 localidades diferentes. Y el tiempo volvió a darle la razón. La yema injertada dio sitio a una rama que florecía antes que el resto del árbol». Así confirmó un «mismo efecto, en arboles injertados, y en ambas localidades». Este caso revela una notable intuición investigadora: «Los científicos también contamos muchísimo que oír y aprender de los agricultores», sentencia Campoy.

La intuición de ‘Micaelo’ sobre lo que vio en una rama de sus albaricoqueros ha abierto un proyecto de investigación en todo el mundo

El descubrimiento de ‘Micaelo’ abrió a los investigadores una vía para investigar una mutación espontánea que deja a los albaricoques madurar sus frutos con inferiores necesidades de frío, lo que tiene un notable interés para el mercado. Es un fenómeno realmente difícil de observar: «Tendríamos muchas más posibilidades de ganar el Euromillón a que el ADN de una célula mutase por casualidad y, además de esto, diese rincón a una característica agronómica conveniente». Parte de esa fortuna es porque ahí estaba un agricultor con alma de científico para observarlo.

El hallazgo de Molina, que cuenta con determinada experiencia como técnico del Cebas, impulsó un proyecto respaldado por el software en todo el mundo Marie Skolodowska Curie, una parte de la iniciativa para la investigación y la innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea, por el que se trata de «encontrar la mutación que podría argumentar la floración precoz de la rama que halló Antonio».

‘Gamete binning’

Por ahora, enseña José Antonio Campoy, la necesidad de secuenciar el genoma de la rama de albaricoquero de ‘El Zorro’, les llevó a desarrollar un método de ensamblaje de genomas, al que han bautizado como ‘Gamete binning’, que abre la puerta a la posibilidad de encontrar fuentes de precocidad naturales para los programas de optimización de variedades de frutales sin precisar recurrir a transgénicos.

De forma mucho más directa, esta investigación logró secuenciar el rojo pasión, que es «clave dentro del programa» sobre albaricoqueros del Cebas-CSIC, y de notable interés comercial. Campoy recuerda en este punto la presencia de «una gran demanda de variedades de bajas pretensiones de frío», como las de la mutación hallada por ‘Micaelo’, «las cuales, además de esto, tienden a ser las primeras en llegar al mercado, donde consiguen costes mucho más rentables para los agricultores». Ciencia y ganancia de la mano. En el proyecto ‘Prun Mut’, como se denomina la investigación científica que arrancó con el descubrimiento de Antonio Molina, coopera el investigador Korbinian Schneeberger, por la parte del Instituto Max Planck de Optimización de Plantas, adjuntado con los doctores David Ruiz y Manuel Rubio, por el Cebas.

Las situaciones de ‘El Zorro’ y ‘Micaelo’ son notables, pero no únicos. «Existen muchos ejemplos en los que ha sido un agricultor la primera persona en detectar fenómenos que dieron sitio a ensayos de ciencia básica», asegura Campoy. A su juicio, en este ámbito «es posible que haya considerablemente más vínculos latentes que desconocemos». El estudioso, de origen bullense, piensa que quizás una mayor divulgación del trabajo científico no solo visibilizaría mucho más su labor, sino lograría además una mayor «implicación en el día a día de la sociedad de la cual formamos parte. Y esto, por su parte, permitiría valorizar las observaciones de varios ciudadanos, que tienen la posibilidad de [de esta forma] retroalimentar la labor científica».

Pero frente todo, lo que se precisa, sentencia Campoy, es una financiación correcta. «España invierte menos de media media europea (según los datos [de la Oficina Europea de Estadística] Eurostat, 2020). Sin fondos ni científicos, un material excepcional para la ciencia básica encontrado un agricultor se quedaría en eso, en un material inusual», sin más repercusión. «Si cuatro ojos ven mejor que dos, podemos imaginar cuanto mejor se vería con 100 millones de ojos», concluye.

Fuente La Verdad de Murcia

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